Los días 11 y 13 de mayo de 1998 la India realizó cinco pruebas nucleares en un lugar desértico de Rajasthán situado a 150 kilómetros de la frontera con Pakistán. Un primer ensayo nuclear indio, oficialmente sin propósito militar, había tenido lugar ya en 1974. El paso dado por el gobierno indio fue muy criticado en el exterior, especialmente por parte de las cinco potencias nucleares con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, el gesto político y militar indio contó con el apoyo mayoritario de la población. Al día siguiente, The Times of India, publicó un sondeo en el que el 91 por ciento de los encuestados aplaudían los ensayos nucleares y un 76 por ciento se declaraban “más seguros”.
Dos semanas y media después Pakistán imitó la iniciativa india y se convirtió también en potencia nuclear declarada. Asimismo, en el caso pakistaní, miles de personas salieron a las calles de Islamabad, Lahore y Karachi, para expresar su apoyo a la decisión del gobierno del primer ministro Nawaz Sharif.
Pocas semanas antes, en abril de 1998, Pakistán había probado un misil de alcance medio, el Ghauri, capaz de alcanzar Nueva Delhi. Tanto en el caso de sus pruebas nucleares como en el caso de su tecnología balística, Pakistán parece haber contado con ayuda técnica militar china. El gobierno pakistaní justificó su decisión como una respuesta al desarrollo de misiles indios de distinto tipo, como el Prithvi, con capacidad para alcanzar cualquier punto del territorio de Pakistán. En abril de 1999 la India probó con éxito el Agni II, capaz de transportar cabezas nucleares hasta 2.500 kilómetros más allá de su punto de lanzamiento.
La capacidad india para desarrollar ese tipo de industria balística y nuclear es muy superior a la pakistaní, pero Nueva Delhi parece haber contado también en algún momento con Israel como aliado tecnológico. La única razón para ello estriba en la existencia de enemigos estratégicos comunes.
Cachemira: la partición inacabada
La escalada que supusieron las pruebas atómicas citadas tuvo lugar sin que cesaran los enfrentamientos esporádicos en Cachemira, donde a una larga insurrección apoyada por Pakistán se suman los duelos artilleros constantes y los combates esporádicos entre las fuerzas militares de India y Pakistán.
La última fase de la crisis cachemir, que arranca del momento mismo de la independencia, se inició en enero de 1990, cuando la tensión y los enfrentamientos, atizados desde el otro lado de la frontera, obligaron a Nueva Delhi a disolver el gobierno y la asamblea del Estado indio de Cachemira. Una Cachemira que se rompió ya en octubre de 1947, dos meses después de la independencia, al estallar las hostilidades en aquel territorio. Más de medio siglo ha transcurrido desde el primer alto el fuego ordenado por la ONU, el uno de enero de 1949, que estableció la primera línea de partición de hecho de Cachemira. Con algún cambio provocado por la compleja dinámica militar de la zona, aquella primera “Ceasefire Line” (CFL) es muy parecida a la actual línea de división de la región de Jammu y Cachemira (territorio controlado por la India) y la denominada Azad Cachemira (controlada por Pakistán).
Desde entonces ha habido tres guerras abiertas y otros estallidos bélicos que, por razones políticas, han recibido la calificación menor de incidentes armados. Pero cuando las nieves se funden, durante la primavera y principios del verano, Cachemira vuelve a ser —un año tras otro— un foco de tensión extrema entre la India y Pakistán. Durante los primeros días de mayo de 1999 la infiltración desde la LOC (“Line of Control”, que sucedió a la CFL en 1972) provocó los mayores enfrentamientos desde la última guerra (reconocida) indo—pakistaní. En esta ocasión, se han producido no sólo duelos de artillería y batallas de infantería en las cumbres del Himalaya —lo que habitualmente es rutina—, sino también un amplio uso de la aviación. La India la utilizó para desalojar de sus posiciones cercanas a Kargil a una fuerza constituida (según Pakistán) por cientos de insurgentes cachemires o (según Nueva Delhi) por tropas pakistaníes y mercenarios de diversas nacionalidades.
Por vez primera, desde la última guerra abierta entre los dos países, en 1971, la aviación se implicó en los combates. El derribo de algunos cazabombarderos y de un helicóptero indio, demuestran que la cuerda se tensó al máximo. El 23 de junio de 1999 el ejército indio, por boca de su jefe, el general Ved Prakash Malik, llegó a sugerir la posibilidad de que sus tropas cruzaran la LOC. El día uno de julio, un ministro pakistaní, el de Asuntos Religiosos, Zafarul Haq, no dudó en afirmar que “las armas nucleares no han sido fabricadas para permanecer en un almacén, si la seguridad de la patria (Pakistán) se ve amenazada”.
Pero tras la sorpresa inicial, las fuerzas de seguridad indias recuperaron la iniciativa y tuvieron éxito en su contraofensiva. Algo más de un mes después de iniciadas las hostilidades, la aviación y la artillería indias lograron acorralar y “neutralizar” los enclaves estratégicos tomados por las fuerzas infiltradas desde Pakistán. Unos enclaves situados entre cuatro y cinco mil metros de altitud y que dominan la única carretera entre Srinagar y Leh, capital de Ladakh, área de cultura y población tibetana de Cachemira. Una ruta que el ejército indio considera esencial para sostener su posición en la línea del frente y para abastecer a sus fuerzas militares desplegadas en el glaciar de Siachen, a 7.000 metros de altura, sin duda el frente de guerra más elevado del mundo.
A pesar de que la situación en el Cáucaso, como antes en Kosovo, ha alejado la atención mundial del remoto Himalaya, un escalofrío recorre las cancillerías por ese punto de tensión permanente entre dos países con armas atómicas.
Desde los tiempos de la guerra fría, las potencias con armamento nuclear y balístico de largo alcance han guerreado entre sí por medio de terceros interpuestos y lejos de sus fronteras, al menos —salvo en el caso de Afganistán— durante el largo período en el que existió la URSS. Los conflictos de Corea, Vietnam, o la mayor parte de las guerras africanas de los años 80, pueden incluirse en esa categoría.
Los enfrentamientos armados entre la India y Pakistán sitúan frente a frente a dos potencias nucleares, que han librado ya tres guerras, en 1947, 1965 y 1971, y que no han cesado de guerrear en torno a la disputada y dividida Cachemira, además de conspirar de modo permanente para incrementar la debilidad interna del país vecino. Si el campo de enfrentamiento se desplazó hace años hacia Bangladesh, antes de que dejara de ser Pakistán Oriental, en otras ocasiones, el alzamiento armado de parte de algunos grupos de sikhs en Panjab o los enfrentamientos entre diversos sectores islámicos (suníes contra chutas) en Pakistán, se han conformado como nuevos escenarios de desestabilización atizados por los servicios de inteligencia respectivos, en nuevas posibilidades de injerencia mutua en los asuntos internos del otro.
Algunas medidas de confianza, como la apertura de una línea de autobús entre Amritsar (India) y Lahore (Pakistán), o el intercambio de presos en marzo de 1999 (el primero en ocho años) no pasaron de lo meramente simbólico. Días antes, el 20 de febrero, los primeros ministros de Pakistán y la India, Nawaz Sharif y Atal Behari Vajpayee, se habían encontrado en la frontera de Panjab y, tras una reunión en el lado pakistaní, firmaron la llamada “Declaración de Lahore”, en la que se prometía “intensificar los esfuerzos para resolver todos los desacuerdos, incluida la cuestión de Cachemira”.
Pocos meses después, la “guerra sin nombre” del verano de 1999 ha venido a probar la futilidad de esa apertura diplomática. Para la opinión pública india, el resultado bélico concluyó con una nueva victoria sobre las tropas pakistaníes, los insurgentes cachemires y los infiltrados mercenarios. A finales de junio, el general indio V.P. Malik anunciaba la toma de “las cotas 5.203 y 5.140” y el inminente desalojo de los infiltrados de las montañas del Tigre. Las tropas indias asumían de nuevo el control de la carretera estratégica que domina las alturas de Ladakh. El 26 de julio, el jefe de las operaciones militares indias, teniente—general N. C. Vij, declaraba: “Las tres bolsas de resistencia de los intrusos en Drass, Batalik y Mushkoh han sido aplastadas... No queda ninguna fuerza pakistaní en territorio indio”. La llamada de atención de Washington a Nawaz Sharif facilitó el fin de la línea de apoyo pakistaní a los infiltrados. De todos modos, todavía hubo incidentes espectaculares durante el mes de agosto. Pakistán lanzó entonces varios misiles contra helicópteros y contra dos aviones Mig indios. La India replicó, lejos de Cachemira, hacia el sur, derribando un avión militar de Pakistán en su frontera con el estado indio de Gujarat.
El posterior golpe interno de Pakistán, que ha depuesto a Nawaz Sharif, ratifica esa visión nacionalista india, del triunfo militar del verano en Cachemira, que ha contribuido a su vez a avalar la nueva victoria electoral del Bharatiya Janata Party en las últimas elecciones.
Además, y al contrario que en ocasiones similares, las grandes potencias apenas tuvieron dificultades para ponerse de acuerdo sobre este asunto y —en la última cumbre del G-8— pidieron el apaciguamiento inmediato de la última crisis militar indo-pakistaní, que debería comprender la retirada de los infiltrados, sin que se precisara en el texto si eran rebeldes islámicos favorables a la secesión de Cachemira o soldados regulares de Pakistán. La diplomacia india percibió un giro a su favor, sobre todo de los Estados Unidos, que han convertido a Pakistán durante décadas en uno de sus aliados estratégicos.
De la ambigüedad china a la inestabilidad de Afganistán
En ese área geográfica que recorre la cordillera más alta del mundo, la India ha sostenido —al menos— tres guerras con Pakistán desde la independencia y la división de la antigua India británica. Además, desde la corta guerra del otoño de 1962, China ocupa 38.000 kilómetros cuadrados en la zona de Aksai Chin, que une las áreas de población budista o tibetana de Cachemira con el Tíbet chino. Aquel conflicto, que tuvo lugar cuando Nehru era aún primer ministro, supuso una gran conmoción para una opinión pública india todavía influida por las ideas del primer anticolonialismo y de una independencia neutral y no violenta. El pueblo indio sintió aquella derrota como una humillación nacional, que terminaría repercutiendo en el reforzamiento de la alianza estratégica de Nueva Delhi y Moscú.
Diversos encuentros de los dirigentes de Nueva Delhi y Pekín no han servido para resolver las diferencias. En septiembre de 1993, los primeros ministros Li Peng y P.V. Narasimha Rao acordaron en Tokio mantener la actual línea de separación de los dos países más poblados del mundo. Acordaron también reducir sus contingentes militares fronterizos, a un lado y otro de las cimas del Himalaya. Pero esas medidas de confianza, ratificadas en una visita del Presidente chino Jiang Zemin a la India en 1996, no han conducido a ningún reconocimiento mutuo de la frontera.
El exilio de unos cien mil tibetanos y del Dalai Lama en la India, junto a la tensión fronteriza no resuelta, plantea otra línea de choque entre China y la India. Y de esa vieja disputa de los dos países surge también una peligrosa senda de alianzas globales: de Pakistán con China, por un lado, y de la India con la URSS anteriormente, y de otra manera con la Rusia actual.
Entre todas esas potencias, la descomposición y la interminable guerra civil de Afganistán, que ha sucedido a la retirada soviética, ofrece otro campo para la India: fracturas internas y conflictos exteriores enfrentamiento global. La India no tiene frontera directa con el territorio afgano, pero Afganistán se ha convertido —entre otras cosas— en un área de actuación preferente de la influencia pakistaní. Los rebeldes de Cachemira, apoyados por Pakistán, cuentan con el territorio talibán como zona de repliegue y apoyo. La influencia directa de Pakistán, con el sostén estadounidense, en la creación y el triunfo posterior de los talibanes conlleva la tentación de utilizar su potencial en otras zonas. Pakistán tiene la voluntad de convertir Afganistán en una base desde la que influir en Cachemira. Toda la política de Islamabad tiende a establecer una dependencia muy estrecha entre su política en Cachemira y su implicación creciente en el avispero afgano. Mientras, Washington —pese a sus distancias teóricas hacia el nuevo régimen de Kabul— utiliza el perfil más bajo en sus críticas a los talibanes, porque —junto a Pakistán— sirven para contener la influencia rusa en las repúblicas ex—soviéticas de Asia.
La India vio con desconfianza la llegada al poder de los talibanes, porque tuvo lugar cuando la situación interna en Cachemira parecía encaminarse hacia una relativa normalización. Afganistán no sólo es un territorio que sirve de vía de entrada a las ex—repúblicas soviéticas de Asia Central, sino que es también un amplio cuartel de reclutamiento de voluntarios y un bien situado lugar de entrenamiento militar para los insurgentes de Cachemira. Su configuración política actual lo convierte en un centro exportador de inestabilidad, tanto hacia el noroeste de la India como hacia Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, donde la guerra civil parece ya enraizada.
Un proyecto de gasoducto americano-saudí para unir Pakistán con varias zonas petrolíferas de esas repúblicas ex—soviéticas de Asia Central marca otra de las cartas en juego. Esa línea trazada para transportar el crudo va desde Quetta (Pakistán) hacia las ciudades afganas de Kandahar y Herat para remontar luego hacia Turkmenistán y Uzbekistán.
En esa disputa estratégica, la India vuelve a tener como único aliado posible en la zona a una Rusia que ha perdido influencia en Asia durante la última década. En este sentido, Irán es una posibilidad de alianza más compleja y menos evidente para la India, a pesar de que la tensión no falta —ya ha estallado en alguna ocasión—entre el régimen de Kabul y las autoridades iraníes.
La India ha denunciado varias veces, y no parece que sea del todo incierto, que no faltan los combatientes afganos entre los grupos que luchan y se infiltran del lado indio de la LOC que divide Cachemira. Así que toda esa zona del norte de la India se configura como una región de diferencias fronterizas no resueltas y de enfrentamientos militares periódicos. Además de los distintos intereses y conflictos de varias potencias nucleares, se trata de unas relaciones muy complejas, en las que se incluyen terceros países nada estables y potencialmente propicios a desestabilizar a sus vecinos.
Las otras fracturas himaláyicas
Al norte de su frontera, la India es el paraguas defensivo y ejerce una influencia estable sobre Nepal, único estado oficialmente hindú del mundo. Nepal está ligado a la India por un Tratado de Amistad, que convierte a sus respectivos ciudadanos en iguales cuando se desplazan de un país al otro. Asimismo, la India ofrece a Nepal una salida habitual hacia el puerto de Calcuta, por donde entra casi una tercera parte del comercio exterior nepalí. La India actúa de mediador entre Nepal y Bután, donde persiste un conflicto con la minoría nepalí del sur del país.
Tanto en Nepal como en Bután, se mantiene el temor a un enfrentamiento o, como mínimo, a las presiones que puedan venir desde China. Bután firmó con la India un tratado, ya en el año 1949, que transfería las responsabilidades británicas de amparo diplomático exterior y de defensa al gobierno de Nueva Delhi. La ocupación del Tíbet reforzó esos lazos con la India, sobre todo porque China mantiene un discurso ambiguo sobre los pequeños estados intermedios de la cordillera del Himalaya.
En una situación ya muy distinta, lo que fue el pequeño reino y protectorado de Sikkim, es hoy un estado más de la Unión India. China no ha reconocido aún la soberanía india sobre ese estado de la India. Sikkim, como Bután, pasó a ser un protectorado indio después de haberlo sido británico.
En realidad, Pekín no mantiene una política de reclamación territorial permanente de territorios indios, pero siempre que una crisis lo facilita, la diplomacia china sugiere que las fronteras de los dos países son una herencia del colonialismo susceptible de ser modificada —con argumentos o pretextos históricos— en su favor. Y esa modificación se concretó en Aksai Chin (Cachemira), pero se ha apuntado en otras ocasiones en los estados intermedios de Nepal o Bután, o en regiones indias como Arunachal Pradesh, donde Pekín reclama la soberanía de 90.000 kilómetros cuadrados.
En el caso de Sikkim, debe recordarse que la población celebró un referéndum (año 1975) en el que apoyó con su voto su integración en la Unión India. Desde el lado indio, eso es lo que sucedió y no otra cosa. China, sin embargo, afirma que sólo unos oscuros disturbios de la población hindú, convertida en mayoría por una migración continuada hacia Sikkim, dieron paso a la entrada de tropas indias y al fin de la monarquía en Sikkim. En el caso de Bután, la estrecha relación con la India no obvia el temor oficial butanés a una repetición del caso de Sikkim. De ahí que la monarquía y el régimen de Bután sean reticentes a conceder su nacionalidad a un número no bien precisado de ciudadanos de origen hindú o —simplemente— nepalí. Unas cien mil personas de origen nepalí, que en muchos casos pertenecen a familias que llegaron a Bután en el siglo XIX, han sido expulsadas de aquel reino himalayo situado —como Nepal— entre China y la India.
Todo ese complejo entramado afecta al conflicto latente de China y la India.
Diversas voces indias han reiterado que la amenaza principal hacia su país viene de China y no de Pakistán Y Pekín no olvida que la resistencia tibetana y el Dalai Lama tienen su base principal en Dharamshala, en el estado indio de Himachal Pradesh. Y si ahora la causa del Dalai Lama cuenta con mayor proyección exterior, durante años no tuvo detrás mucho más que el respaldo de Nueva Delhi.
Un inestable nordeste
Desde el lado indio, a la derrota sufrida en la breve guerra de 1962 se suma la duda sobre el verdadero origen de diversos grupos guerrilleros o terroristas. Los naxalitas, de origen maoísta y bastante implantados en Andhra Pradesh, Madhya Pradesh, Orissa y áreas de Maharashtra, son los más los conocidos. Actúan o actuaron en media docena de estados del noreste de la India. El activismo maoísta, y la pobreza extrema de amplios sectores de la población, confluyeron a finales de los años 60 en el noreste de la India. Del Communist Party of India, había surgido en los años de la ruptura de la India y la URSS, el Communist Party of India (Marxist). Parte de los disidentes más radicales de este último formaron el Communist Party of India (Marxist-Leninist) yjugaron un papel decisivo en la organización del People’s War Group, o movimiento naxalita, que toma su nombre del pueblo de Naxalbari.
En mayo de 1967, una violenta revuelta campesina contra los zamindars, los grandes terratenientes, surgió en Naxalbari para terminar confluyendo con el creciente entorno maoísta de Bengala Occidental y de otros estados próximos. La violencia y el terrorismo no han cesado desde entonces del todo en esas franjas o marcas fronterizas de la India con China, Birmania y Bangla Desh.
Con las reivindicaciones sociales, se mezcla una agitación de diversos grupos étnicos o tribales que impulsan una inestabilidad crónica en las regiones que rodean Bengala Occidental. Facciones como la Bodo Liberation Tigers Forcé, el Bodoland Army o el National Democratic Front of Bodoland, que reclaman un estado propio para los 600.000 miembros de la tribu bodo que habitan en Assam, un estado con importantes producciones de té y petróleo. Por razones sociales y étnicas distintas, las facciones anteriores se entrecruzan en este último estado con el United Liberation Front of Assam, que milita contra la fuerte presencia de la población de origen bengalí.
Este fenómeno secesionista afecta también —y desde hace décadas— a Nagaland y otros territorios de los confines nororientales de la India. En lo que fue un “estado principesco” (princely state), en Tripura, se calcula que actúan unos 15 grupos distintos. Se trata del Tripura Liberation Front, el All Tripura Tiger Forcé y otro largo etcétera de siglas poco conocidas. Como en los casos anteriores, las reclamaciones sociales se mezclan con el rechazo de los indígenas a los no tribales (poblaciones hindúes de procedencia diversa) y con la oposición a las estructuras federales indias. Los distintos movimientos insurreccionales se vinculan a tribus aborígenes (no enmarcadas en el sistema de castas) que, además de pelear entre sí, reclaman la independencia y la expulsión de los demás habitantes a los que consideran colonos foráneos.
Ese noreste indio, muy poco desarrollado, está casi aislado entre China, Birmania y Bangladesh. La miríada de grupos rebeldes, guerrilleros o terroristas utiliza las fronteras como santuario y vía de escape. En algunos casos, y a pesar de las protestas indias, los gobiernos de esos países vecinos no desean —o no están en situación— de ayudar a suprimir una insurgencia múltiple y que —con frecuencia—tiene relación con tráficos ilícitos. En el caso de Birmania, durante un cierto período, y dado el carácter dictatorial y cerrado de su régimen, China parece haber utilizado la vía birmana para insuflar vida a grupos ideológicamente próximos. Pekín cumplía así su objetivo de acentuar la inestabilidad en varias regiones que rodean Bengala Occidental y donde, durante un largo período, el gobierno de ese estado de la India ha estado en manos del CP1 (M), es decir de partido de remoto origen maoísta.
Fenómenos migratorios que arrancan de la partición y la independencia, o incluso anteriores, han contribuido a crear esas fracturas menos conocidas de esa parte de la India colindante con Bangla Desh.
Desde luego, este país, surgido con la ayuda militar india y con más problemas que ningún otro, es demasiado dependiente para fabricar problemas de manera planificada. Su debilidad, agravada por su dependencia de las corrientes de agua que vienen desde territorio indio, acentúa su acercamiento forzoso hacia una India con la que no tiene diferencias territoriales significativas.
En diciembre de 1996 Dhaka y Nueva Delhi suscribieron un acuerdo, válido durante treinta años, para regular y compartir las aguas del Ganges. La primera ministra de Bangladesh, Hasina Wajed, que había asumido el poder sólo meses antes, elogió a los líderes de la India por cumplir sus expectativas. El “acuerdo histórico”, como lo llamó la primera ministra bangladeshí, ponía fin a una disputa que comenzó en 1974, al construir la India el superembalse de Farakka para regular el flujo del Ganges.
La minoría hindú de Bangladesh disminuye día a día, a causa de una emigración semiforzada, pero —hasta hoy— ese tema no ha jugado un papel relevante en las relaciones de los dos países. Ocasionalmente, Bangladesh ha acusado a la India de ofrecer cobertura a algún grupo secesionista de Chittagong Hill (la guerrilla denominada Shanti Bahini, formada por hombres de la tribu Chakma, de religión budista). Los Shanti Bahini luchan desde 1973 por la autonomía territorial del área de Chitlagong Hill Tracts. Este conflicto étnico menor ha causado unos 9.000 muertos y decenas de miles de refugiados, que han huido a los estados indios vecinos, especialmente a Tripura. Un acuerdo del gobierno de Bangla Desh y los rebeldes (en marzo de 1997) propició un cierto número de retornos de esos refugiados a sus lugares de origen.
También el contrabando fronterizo es motivo de fricción y, en las claves políticas bangladeshis, no es de buen tono ser calificado de “pro indio”. Pero la Liga Awami de Hasina Wajed, hija del “padre de la patria” Mujibur Rahman, venció en las elecciones de mediados de 1996 con el voto de la minoría hindú. Y el tratado sobre el agua le ofreció una buena carta que jugar en clave interna. Así que, en su relación con su vecino indio, Bangladesh está ya políticamente muy lejos del Pakistán Oriental de donde surgió.
Sri Lanka y otras guerras internas
Con relación a la guerra civil en Sri Lanka, la actitud de la India ha fluctuado desde una simpatía inicial por la causa tamil hasta la prohibición de LTTE (Liberation Tigers of Tamil Eelam) en su territorio. Un conflicto armado que se prolonga ya dieciséis años y que ha costado no menos de 50.000 vidas.
La India financió y dio cobijo a la guerrilla tamil a principios de los ochenta, pero en 1987 Rajiv Gandhi firmó un acuerdo con el gobierno de Sri Lanka sobre la solución del problema tamil. Desde entonces, el LTTE empezó entonces a hostigar a las tropas indias, que terminaron retirándose de la isla. Un comando suicida del LTTE asesinó a Rajiv Gandhi. Para la India, la probada implicación de los tigres tamiles en el asesinato de Rajiv Gandhi (en 1991) cambió la perspectiva de aquel conflicto. El temor a algún tipo de contagio en Tamil Nadu (con 50 millones de tamiles) o la idea de una repetición del éxodo masivo de tamiles de Sri Lanka—que tuvo lugar en los años ochenta— contribuyen a atajar cualquier nueva tentación intervencionista. Además de los muertos, este conflicto ha dado como resultado la existencia de unos 600.000 desplazados y de unos 200.000 refugiados tamiles de Sri Lanka en territorio indio. En alguna ocasión, incluso, el gobierno de Nueva Delhi ha llegado a actuar con firmeza contra la llegada a sus costas de refugiados procedentes de Sri Lanka utilizando barcos de pesca indios.
Proyección exterior de las quiebras internas
Los anteriores son los conflictos? principales que rodean, o que se adentran en el espacio territorial de la Unión India, La violencia política también se esparce y salpica otros momentos y zonas de la India. Es imposible en este espacio detallar todas las fracturas de la sociedad india, que abarcan desde la politización partidista de las castas hasta los enfrentamientos de las múltiples bandas de terratenientes armados, y los más diversos grupos, que van desde el simple bandidaje hasta el extremismo terrorista político más radical. Estados pobres como Bihar o áreas de Uttar Pradesh son escenario esporádico de estos enfrentamientos.
En la lucha de castas que asuela comarcas enteras de esa franja territorial del norte, una milicia privada de los terratenientes, el grupo paramilitar Ranvir Sena ejecuta acciones de guerra sucia contra el campesinado de las castas bajas, afecto de grado o por fuerza a grupos armados, terroristas o guerrilleros más o menos establecidos.
Todo ello para no referirse a enfrentamientos comunitarios como los habidos en torno a Ayodhya (1992) o a los acontecidos durante el último período, con la minoría cristiana como objetivo.
Pero comparando su evolución con la de Pakistán, quizá es preciso afirmar que la India ha disfrutado de una mayor estabilidad interna, debido a un sistema político más democrático y que —contra viento y marea— ha mantenido la alternancia política, cuando el cuerpo electoral lo decidió así. Una diferencia fundamental ha sido, desde luego, la actitud de sus fuerzas armadas, que se han sometido al poder civil de un modo impensable en Pakistán. Quizá es difícil afirmarlo, pero la India no ha estado tan inclinada a la ingerencia exterior como Pakistán, salvo en los que casos en los que sus fronteras, su estabilidad interna o su área de influencia inmediata estaban en juego.
Con una tradición de prensa libre y un sistema judicial más independiente, con una élite muy preparada, la India afronta “el millón de revueltas” (a million mutinies) del que hablara Naipaul. La explosión demográfica, la existencia de 350 millones de personas muy pobres y de un número enorme de analfabetos, las crisis de los setenta y ochenta, los estados de excepción o emergencia, el desgaste del estado laico unitario, la corrupción, el ascenso de secesionismos étnicos, el crecimiento de un cierto extremismo nacionalista o fundamentalista, los cambios del sistema económico —hacia un mayor liberalismo pero reticente a la globalización—, junto al desarrollo de los conflictos fronterizos que hemos descrito, no han bastado durante más de medio siglo de independencia para romper una casi misteriosa estabilidad relativa (“la anarquía que funciona”, de la que se ha escrito).
Al lado de todo eso, la India sigue apareciendo como un gran universo, un enorme espacio humano en el que todo se integra y coexiste. Y la fascinación por la vida, la literatura, la historia, por las creaciones artísticas y por la multiplicidad indias, no deben ocultarnos otro hecho fundamental: a pesar de todos sus problemas, de su desarrollo desigual, la India moderna es una gran potencia. Un hecho del que los indios dudan a veces, cuando contemplan las quiebras sociales y las fracturas del discurrir político diario. Y sin embargo, ese elemento es fundamental para los que pertenecen a las clases educadas o incluso para los que —sin pertenecer a ellas—intuyen la magnitud de la sociedad en la que se desenvuelven.
El auge de un cierto nacionalismo, además, incrementa la voluntad de la India de reforzar su influencia y su reconocimiento como gran potencia. Los argumentos indios son claros, pero el interminable diferendo con Pakistán requiere demasiados recursos. Y, sin embargo, a veces la diplomacia india parece seguir felizmente afectada por la vieja línea Nehru/Gandhi de neutralismo activo y de rechazo a toda opción militar. Una tendencia a expresarse como Arjuna en sus dudas y respuestas a Krishna en la Bhagavad Gítá: “No lucharé; porque, ¿cómo puedo matar a mis parientes? Ni siquiera por el reino de los tres mundos”. Krisna impuso sus razones y Arjuna se lanzó a la lucha, aunque fuera sin una expresa voluntad de combatir. Es una paradoja cultural de la actividad exterior de la diplomacia india, si recordamos que el propio Mahatma hizo de la Bhagavad Gítá —en su sentido espiritual y no en el de las batallas venideras— su fuente de inspiración.
Así que cuando se plantea una reforma de las Naciones Unidas, por su sistema ya muy caduco, la India demanda derecho a veto y un puesto permanente en el Consejo de Seguridad. Contradicción flagrante para el único gran país que criticó siempre abiertamente la capacidad de veto de los cinco grandes, miembros de un club restringido que no cuenta con la India todo lo que debiera. Quizá porque al fundarse la ONU, en 1945, la India no era todavía un país independiente. Y porque las condiciones en las que la India accedió a la independencia generaron una serie de conflictos que absorben aún gran parte de sus energías.